Elvira
Pequeña paloma vuela,
planea
y cae.
La nube que iba pasando
tapa
la tarde.
Elvira que la miraba
cubre
sus ojos;
La recuerda contra el cielo
celeste
y rojo.
Elvira sin sol no llora,
canta
al gris.
El sol sin Elvira calla,
mudo
así.
Elvira
sin sol no llora,
dice
sí.
Por las baldosas flojas
camina
la niña sola;
huele
silencios breves
como
espinas de rosas.
Quiere
saltar la esquina,
quiere
volar silenciosa,
quiere
ser hoja al viento,
lluvia
del cielo inquieto,
quiere
ser mariposa.
La flor que Elvira más quiere
pone
su cuarto de rosa,
llena
de color los grises,
tiñen
la luz y la ropa.
La
flor que Elvira más quiere
derrama
perfume en olas,
como
cascada fragante
quiere
inundarle la alcoba;
quiere
mojarle la cara
y
perfumarle la boca
para
que Elvira le cante
verdes
canciones con hojas.
Elvira todo lo mira:
la
lluvia, la flor, el lodo,
el
cielo celeste, el árbol;
Elvira
lo mira todo.
La
calle, el mendigo, el niño,
los
soles que se retiran;
sin
que le duelan los ojos
Elvira
todo lo mira.
A
mí también me contempla
(en
la ventana sus codos).
Y
cuando todo se suma
Elvira
se vuelve coro.
Al llegar la noche
desde
su ventana
Elvira
contempla
sus
manitos blancas.
Las
mira temblar
y
las ve dejarla
y
subir al cielo,
veloces
y aladas.
Las
manos de Elvira
a
la luna alcanzan,
rozan
sus mejillas
de
polvo tan pálidas,
buscan las estrellas
que
en la noche bailan;
les
tocan la luz
de
punta afilada.
Así
va aprendiendo
las
cosas lejanas
y
conoce el mundo
hasta
la mañana.
En la plaza, el árbol
ha
caído al suelo.
El
viento del sur
lo
ha enviado al cielo,
al
cielo del árbol
donde
no hay invierno.
Cómo
llora Elvira
la
muerte del fresno.
¡Ay,
las hojas secas
del
árbol desierto!
¿Dónde
están los pájaros?
¿Adónde
se fueron?
A
traerle flores
sólo
Elvira ha vuelto;
cómo
extraña Elvira
la
sombra del fresno.
Quiere
ser raíz,
hoja
verde al cielo,
tierra
negra fértil,
sencillo
alimento;
quiere
deshacerse
y
hacerse de nuevo
¡Cómo
sueña Elvira
volver
a ser fresno!
Son como máquinas maravillosas
sus
juguetes.
Como
relojes que no marcan horas.
Son
el tiempo.
Elvira nació una tarde
mientras
el sol se marchaba.
Fue
siempre niña en su vida,
Niña
de cuerpo y de alma.
Al
rosarse el horizonte,
el
cielo entre nubes suaves,
nació
la niña más niña,
en
soledad sin alardes.
Elvira nació una tarde.
Por
hacerse ver, de pronto,
las
estrellas que empujaban
se
escondieron silenciosas
cuando
la niña lloraba,
mientras
el sol se marchaba.
Su
destino fue el destino
de
la tristeza infinita
que
anidó desde el comienzo
en
los ojitos de Elvira.
Fue siempre niña en su vida
Mas
la pena que la aqueja
es
un pesar que la salva,
feliz
la vuelve y preciosa,
niña
que nada en la calma,
niña
de cuerpo y de alma.
Elvira a la orilla del mar.
Elvira
a las costas del sol.
Dorada
su piel en la tarde,
dorada
en su pelo la flor.
Elvira
y la arena y su amor.
El taxi que Elvira
ve
desde el balcón
no
va por la calle,
flota
entre balcones
con
plantas y no.
Lo
conduce un joven,
joven
como yo,
con
un gorro a cuadros,
verde,
con visera
y
un botón marrón.
“Frena
aquí tu taxi,
tú,
el del botón;
quiero
que me lleves
entre
los balcones
con
plantas y no”.
Elvira
le insiste:
“Deja,
por favor
que
yo te acompañe,
dentro
de muy poco
va
a salir el sol”.
“Te
conozco, Elvira;
va
a salir el sol,
sube
pronto, vamos
¿no
has dormido anoche?
deja
tu balcón”.
“Por
no haber dormido
oí
tu motor,
pues
sólo mi ensueño
permite
que flotes
y
te vea yo”.
Bajo el colchón de agujas
del
pino de la plaza
la
tierra duerme y sueña
que
está abrigada.
Y
si el calor aprieta
y
el sol quema la alfombra,
la
tierra duerme y siente
que
está a la sombra.
Cuando
lluevan las piñas
y
den golpes tenaces
la
tierra sonreirá:
le
hacen masajes.
Por
eso, si hace frío,
si
tiene hambre,
o
si le caen golpes
o
cosas graves,
Elvira
se hace tierra
y
sueña así, se sueña
polvo
del aire.
Hay una nube vibrante
de
mariposas en vuelo
que,
amarillas,
perfuman
la tarde tibia
y
parecen por el aire
manzanillas.
Tiende
Elvira sobre el pasto
un
mantel, mientras observa
con
sonrisa
el
ovillo en movimiento,
cómo
suben, y hacia abajo
se
deslizan.
Con
su vestido amarillo
se
imagina que es la Reina
Mariposa;
y
aunque no puede posarse,
pone
encima de sus labios
una
rosa.
Elvira guarda
bajo
la almohada
cinco
botones,
cinco,
de nácar.
Fueron
poemas los que la alentaron,
llenos
de nácar,
de
nácar blanco.
A
veces sueña
que
son de oro,
del
largo atuendo
de
algún rey moro.
Fueron
romances que leyó hace tiempo,
con
mil amores
y
mil tormentos.
A
veces quiere
por
fin coserlos
a
la casaca
de
un marinero.
Fueron
novelas que leyó en etapas,
con
sus tesoros
y
con sus mapas.
Elvira
guarda,
abotonados,
todos
los mundos
que
ha visitado.
Qué lejos viaja en el tren de las cinco,
al
sur (la tarde cae en el oeste);
no
queda nada del último cielo
celeste.
Sin
novedad el campo se sucede,
la
calma chicha, la brisa sobre el pasto,
los
ojos flotan en un mar sin olas
tan
vasto.
Elvira
lleva una cofre verdeluz,
Con
cien regalos para sus parientes,
cosas
que ha hecho a mano por las noches,
paciente.
Tres
cartas, dos dibujos, un poema,
una
escultura de barro cocido,
un
caracol pintado, la valija,
vestidos.
La
tarde está volviéndose la noche,
levanta
un aire frío como el hielo,
y
el guiño del lucero es el regalo
del
cielo.
Pasé, una tarde, bajo un castaño añejo,
Llena
su copa de frutos espinosos.
Amo
la vida de los árboles añosos,
último
impulso de un impulso viejo.
Y
como viera que el sol, con sus reflejos,
se
metía entre las hojas, muy curioso,
alcé
la vista, yo también curioso;
pensé
en un nido con resplandor de espejos.
Pero
era Elvira pintando ajadas hojas,
Amarillas, verdemar, azules, rojas.

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