Un poema...

 

Elvira
Autor: Ariel Pavon

Pequeña paloma vuela,

planea y cae.

La nube que iba pasando

tapa la tarde.


Elvira que la miraba

cubre sus ojos;

La recuerda contra el cielo

celeste y rojo.

 

Elvira sin sol no llora,

canta al gris.

El sol sin Elvira calla,

mudo así.

 

Elvira sin sol no llora,

dice sí.


Por las baldosas flojas

camina la niña sola;

huele silencios breves

como espinas de rosas.

Quiere saltar la esquina,

quiere volar silenciosa,

quiere ser hoja al viento,

lluvia del cielo inquieto,

quiere ser mariposa.

 

La flor que Elvira más quiere

pone su cuarto de rosa,

llena de color los grises,

tiñen la luz y la ropa.

La flor que Elvira más quiere

derrama perfume en olas,

como cascada fragante

quiere inundarle la alcoba;

quiere mojarle la cara

y perfumarle la boca

para que Elvira le cante

verdes canciones con hojas.

 

Elvira todo lo mira:

la lluvia, la flor, el lodo,

el cielo celeste, el árbol;

Elvira lo mira todo.

 

La calle, el mendigo, el niño,

los soles que se retiran;

sin que le duelan los ojos

Elvira todo lo mira.

 

A mí también me contempla

(en la ventana sus codos).

Y cuando todo se suma

Elvira se vuelve coro.

 

Al llegar la noche

desde su ventana

Elvira contempla

sus manitos blancas.

 

Las mira temblar

y las ve dejarla

y subir al cielo,

veloces y aladas.

 

Las manos de Elvira

a la luna alcanzan,

rozan sus mejillas

de polvo tan pálidas,

buscan las estrellas

que en la noche bailan;

les tocan la luz

de punta afilada.

 

Así va aprendiendo

las cosas lejanas

y conoce el mundo

hasta la mañana.

 

En la plaza, el árbol

ha caído al suelo.

El viento del sur

lo ha enviado al cielo,

al cielo del árbol

donde no hay invierno.

Cómo llora Elvira

la muerte del fresno.

 

¡Ay, las hojas secas

del árbol desierto!

¿Dónde están los pájaros?

¿Adónde se fueron?

A traerle flores

sólo Elvira ha vuelto;

cómo extraña Elvira

la sombra del fresno.

 

Quiere ser raíz,

hoja verde al cielo,

tierra negra fértil,

sencillo alimento;

quiere deshacerse

y hacerse de nuevo

¡Cómo sueña Elvira

volver a ser fresno!

 

Son como máquinas maravillosas

sus juguetes.

Como relojes que no marcan horas.

Son el tiempo.

 

Elvira nació una tarde

mientras el sol se marchaba.

Fue siempre niña en su vida,

Niña de cuerpo y de alma.

 

Al rosarse el horizonte,

el cielo entre nubes suaves,

nació la niña más niña,

en soledad sin alardes.

Elvira nació una tarde.

 

Por hacerse ver, de pronto,

las estrellas que empujaban

se escondieron silenciosas

cuando la niña lloraba,

mientras el sol se marchaba.

 

Su destino fue el destino

de la tristeza infinita

que anidó desde el comienzo

en los ojitos de Elvira.

Fue siempre niña en su vida

 

Mas la pena que la aqueja

es un pesar que la salva,

feliz la vuelve y preciosa,

niña que nada en la calma,

niña de cuerpo y de alma.

 

Elvira a la orilla del mar.

Elvira a las costas del sol.

Dorada su piel en la tarde,

dorada en su pelo la flor.

Elvira y la arena y su amor.

 

El taxi que Elvira

ve desde el balcón

no va por la calle,

flota entre balcones

con plantas y no.

 

Lo conduce un joven,

joven como yo,

con un gorro a cuadros,

verde, con visera

y un botón marrón.

 

“Frena aquí tu taxi,

tú, el del botón;

quiero que me lleves

entre los balcones

con plantas y no”.

 

Elvira le insiste:

“Deja, por favor

que yo te acompañe,

dentro de muy poco

va a salir el sol”.

 

“Te conozco, Elvira;

va a salir el sol,

sube pronto, vamos

¿no has dormido anoche?

deja tu balcón”.

 

“Por no haber dormido

oí tu motor,

pues sólo mi ensueño

permite que flotes

y te vea yo”.

 

Bajo el colchón de agujas

del pino de la plaza

la tierra duerme y sueña

que está abrigada.

 

Y si el calor aprieta

y el sol quema la alfombra,

la tierra duerme y siente

que está a la sombra.

 

Cuando lluevan las piñas

y den golpes tenaces

la tierra  sonreirá:

le hacen masajes.

 

Por eso, si hace frío,

si tiene hambre,

o si le caen golpes

o cosas graves,

Elvira se hace tierra

y sueña así, se sueña

polvo del aire.

 

Hay una nube vibrante

de mariposas en vuelo

que, amarillas,

perfuman la tarde tibia

y parecen por el aire

manzanillas.

 

Tiende Elvira sobre el pasto

un mantel, mientras observa

con sonrisa

el ovillo en movimiento,

cómo suben, y hacia abajo

se deslizan.

 

Con su vestido amarillo

se imagina que es la Reina

Mariposa;

y aunque no puede posarse,

pone encima de sus labios

una rosa.

 

Elvira guarda

bajo la almohada

cinco botones,

cinco, de nácar.

 

Fueron poemas los que la alentaron,

llenos de nácar,

de nácar blanco.

 

A veces sueña

que son de oro,

del largo atuendo

de algún rey moro.

 

Fueron romances que leyó hace tiempo,

con mil amores

y mil tormentos.

 

A veces quiere

por fin coserlos

a la casaca

de un marinero.

 

Fueron novelas que leyó en etapas,

con sus tesoros

y con sus mapas.

 

Elvira guarda,

abotonados,

todos los mundos

que ha visitado.

 

Qué lejos viaja en el tren de las cinco,

al sur (la tarde cae en el oeste);

no queda nada del último cielo

celeste.

 

Sin novedad el campo se sucede,

la calma chicha, la brisa sobre el pasto,

los ojos flotan en un mar sin olas

tan vasto.

 

Elvira lleva una cofre verdeluz,

Con cien regalos para sus parientes,

cosas que ha hecho a mano por las noches,

paciente.

 

Tres cartas, dos dibujos, un poema,

una escultura de barro cocido,

un caracol pintado, la valija,

vestidos.

 

La tarde está volviéndose la noche,

levanta un aire frío como el hielo,

y el guiño del lucero es el regalo

del cielo.

 

Pasé, una tarde, bajo un castaño añejo,

Llena su copa de frutos espinosos.

Amo la vida de los árboles añosos,

último impulso de un impulso viejo.

Y como viera que el sol, con sus reflejos,

se metía entre las hojas, muy curioso,

alcé la vista, yo también curioso;

pensé en un nido con resplandor de espejos.

Pero era Elvira pintando ajadas hojas,

Amarillas, verdemar, azules, rojas.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario